Oscuridad Infinita Capítulo 1



Muy buenas a todos, les escribe uno de los tantos autores de esta página, DarkLeonZero, trayéndoles una historia que siempre había querido publicar y espero de corazón que les guste leerla tanto como a mí escribirla :)






CAPÍTULO I:
EL COMIENZO DEL TODO










A altas horas de la noche, el timbre de una casa aparentemente hecha de madera, suena a través de todas sus paredes. Vez tras vez seguía sonando, con un sonido de campanas de iglesia alerta a dos niños. Un niño de unos once o doce años, y una pequeña de casi la misma edad, ―aunque mayor físicamente―, que vestían pijamas de diversos colores y figuras incrustadas, una azul con figuras geométricas para el niño, y una rosada con rojo con flores para la niña.
Ambos se encontraban tirados aburridos boca arriba en la alfombra principal de la sala. La casa, hecha de madera pura, y revestimientos de mármol, se expandía bastante... tenía cuatro dormitorios, los cuales se encontraban en la planta superior, y uno en remodelación en la primera, tres baños incluidos esparcidos alrededor de la casa, uno en la planta baja y otros dos en segundo piso. La cocina era grande, y justo al lado se encontraba un comedor casi del mismo tamaño dividido con un mural de un metro hecho de mármol puro. La sala, tenía una chimenea, dos sillas mecedoras, un mueble grande en una de las esquinas y una gran mesa de café hecha de madera de roble oscuro al medio de dos sillones para tres personas, posicionados horizontalmente a la pared hechos con pieles falsas de color blanco.
Los niños, al levantarse, inmediatamente se dirigen a la puerta de entrada ―una puerta hecha también a base de madera con soportes de mármol―, para así abrirla.
Al momento que los niños la abren, un señor alto, de tez quemada, cabello negro con canas, y ojos oscuros que le hacía aparentar gran edad, se muestra brazos abiertos frente a esta.
―¡Abuelito! ―gritan los niños emocionados abrazando a su abuelo.
―¡Que grande están! incluso pareciera que fuera ayer que hubieran nacido y aún los pudiera cargar en mis brazos ―dice mientras responde al abrazo―. Ah, no, esperen, aún puedo hacerlo.
El abuelo, que va vestido con una chaqueta  negra, pantalones de vestir, y zapatos negros, carga a los niños... a la niña por la cintura con su brazo derecho, y al niño en su espalda, ya que este se colocó detrás para eso.
―Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. ¿Como han estado? ―pregunta mientras los baja frente a los sillones.
―¡Bien! aunque un poco aburridos por no tener con quien jugar ―responde el niño.
―Pues eso es malo... ¿Y sus padres? ―pregunta confuso.
―Salieron… dijeron que nos acostáramos a dormir... pero no queremos… ―reprocha el niño.
―No pueden hacer eso, deben hacerle caso a sus padres ―comenta el señor.
―Pero… ―replican ambos bajando la cabeza.
―Nada de peros… vamos a la cama con un poco de acción extra ―dice dándoles una divertida orden.
―¿Acción? ―pregunta el niño.
―¿Como los cuentos que solías leernos? ―pregunta detrás su hermana.
―Así es. Mientras esté en esta casa, les leeré un cuento muy especial. Uno, que me tengo guardado desde hace mucho, para el día que tuvieran esta edad.
―¡Sí! ―gritan mientras salen corriendo a través de la escalera principal, para luego seguir por un pasillo corto.
La puerta de una habitación de tamaño regular ―y con mucha decoración colorida―, se abre rápidamente para dejar entrar a los dos niños.
Ambos, entran corriendo y riendo a lanzarse sobre sus camas... una para el joven de color azul oscuro con celeste con animales, y la otra, con tonos de rojos suaves, rosados y violetas en flores, junto a figuras de corazones pequeños por aquí y por allá. Para, unos instantes después, el abuelo entrar detrás.
―Denme un momento ―dice mientras camina hacia un armario que se encontraba de frente a las camas―. Por aquí debería de estar… ―después de buscar unos instantes― ¡Aquí está! ―exclama mientras desde arriba de todo, saca una caja pequeña de color rojo oscuro, con un sello entre las tapas de abertura. Y, soplándolo un poco, eleva pequeños rastros de polvo fino.
―Esto es lo que estaba buscando.
―¿Una caja? ¿Esa caja estaba ahí antes? ―preguntó confusa la niña.
―Sí, siempre estuvo, pero más que eso... esto.
Abriendo la caja, el hombre saca un libro negro, con una portada de lo que parece ser un gran terreno, con una arbolada inmensa, una montaña muy alta, y sobre esta, un planeta con su luna, pero sin olvidar una gran casa blanca centrada al pie de todo.
―Oscuridad Infinita se llama el libro ―dice mientras señala el título marcado en letras doradas brillantes con relieve de profundidad―. Es una historia de fantasía ―dice mientras levanta las cejas―, de drama ―entre cierra los ojos e inclina levemente la cabeza como si intentara pensar―, aventura ―seguido a su anterior gesto, mueve la cabeza hacia un lado―, y, de mucha acción ―dice al final mientras sonríe―.
―Cuéntanoslo, cuéntanoslo ―dice el chico emocionado.
―De acuerdo, pero solo para dormir, y solo serán dos capítulo. No más.
―¡Comienza a leer yaaaa!..., por favooor ―replica la niña apurando a su abuelo.
―Ya voy, ya voy... ―responde mientras abre el libro frente a él, y sin que puedan ver algo, mueve lentamente las páginas, una tras otra― Aquí está... Primer capítulo; El Comienzo del Todo.
Mientras mueve sus dedos a través del libro, comienza a leer con una altura de voz media las palabras de este, y la historia comienza a narrarse poco a poco, frase a frase…


Hace mucho tiempo hubo una gran guerra... Muchos se sacrificaron para salvarnos, pero después de varios siglos, se aproximaba algo que nadie pudo prever.
Mis amigos y yo, estuvimos luchando nuevamente para restablecer la paz que una vez existió…
En donde, en aquellos momentos más que nunca, nos necesitaríamos los unos a los otros. Y, si uníamos fuerzas, prevalecíamos…
Esta, es mi historia… una historia que contaré tal y como la recuerdo, y es imposible que lo que pasó en esos pocos meses  ajetreados de mi vida desaparezcan algún día de mi mente...


―¡Leo…! ¡debemos hacer algo contra él o destruirá todo! ―exclamó una voz a lo lejos, que provenía de una joven de cabello largo negro.
―¡Lo sé! ¡pero ahora mismo tenemos que sacar a todos los habitantes del pueblo cercano! ¡Retenganlo lo más que puedan!
―¡Leo! ―exclamó otra voz mientras forcejeaba con las garras provenientes de una especie de dragón negro de más de diez metros de altura, y por lo menos, cuarenta de longitud.
―¡Ya lo sé! ―respondí mientras observaba cómo la gente del pueblo de después de la pradera donde todos nos encontrábamos, se disponían a salir a resguardarse en un lugar seguro.
Al finalizar la protección de los aldeanos, decidí que debíamos actuar... Que yo debía actuar.
―¡De acuerdo, es hora! ¡Manos a la obra! ―dije entre pausa fuertemente para que me escucharan todos los que estaban por los alrededores―. Es hora de acabar con esto.
―¿Qué piensas hacer? ―me preguntó una mujer de cabellera dorada, vestida en un traje rojo.
―Lo único que se puede hacer después de intentarlo todo.
―¿No pensarás en…?
―Así es ―dije mientras formaba un pequeño círculo con varias figuras geométricas, y palabras en idiomas diferentes entre cada una.
―¡No lo hagas! ¡es demasiado peligroso! ¡Aún no sabemos qué puede hacer ese hechizo!
―Oh… tú no lo sabes… pero yo sí ―rápidamente, me acerqué a la cabeza del dragón, y golpeándolo, hice que centrara sus ataques en mí.
―¡No lo hagas! ―gritó la mujer de cabellera negra.
Al seguir golpeándolo, el dragón hace un movimiento rápido, e inmediatamente, me atrae a su gran boca con su fuerte inhalación.
―¡Leo! ¡No! ―gritó por última vez.
A lo lejos, se escuchaban como los alaridos de mis amigos y compañeros pronunciaban mi nombre. Con un gran pesar, resignado, supe que esta era mi última batalla, y que debía por lo menos, hacer todo lo posible para ganarla… incluyendo el autosacrificio. Al colocar el símbolo brillante en mi pecho, este comienza a brillar fuertemente. Y, pequeños símbolos ―parecidos a números― fueron bajando con un sonido seco que iba aumentando cada vez más.
Al llegar a cero, un brillo inmenso invadió la gran boca del dragón, y explotando, un sentimiento de arrepentimiento invadió todo mi ser.


―¿Qué fue eso? se supone que los buenos nunca mueren ―preguntó el chico interrumpiendo mientras cruzaba los brazos con gesto de enojo.
―¡Si! ¡Esto es un fraude! ¡Que mal libro! ―exclama la niña mientras aplasta con su mano su almohada rosa de corazones.
El señor, riendo, pasa la página a una nueva.
―Esto apenas comienza, no se impacienten, se pondrá mejor.
Ambos niños se miran y asienten con la cabeza, para luego voltear a ver a su abuelo.
―Continúa ―dice la niña abrazando nuevamente su almohada.
―Sí, continúa ―dice luego el niño calmadamente impaciente.
―De acuerdo, pero solo escuchen hasta el final, les gustará, se los aseguro ―dice mientras vuelve a comenzar a leer el libro frase a frase, para continuar la historia.


Mientras un gran vacío en mi interior se apoderaba de mí ser, sentía como si una paz me abrazara… y, entre muchos sentimientos, uno cálido se acercaba a lentamente...
Una voz a lo lejos me hablaba en susurros, que luego se volvieron repentinamente gritos en mi cabeza. Y, como si aquellos sentimientos de amor los quisiera destruir, los convirtió en un viento helado capaz de inmovilizarme.
―Hijo mío… ―dijo la voz levemente― debes traerlos… ―complementó en un tono más alto―  ¡Si no, tu única manera de salvarlos, se perderá para siempre! ―terminó exclamando, y en eco, la voz iba desapareciendo poco a poco, para luego quedar todo en silencio.
―¿Quién eres? ¿qué más quieres que haga? ¡hice todo lo que estaba a mi alcance...! ―dije estirando un brazo, como si intentara alcanzar algo, mientras mi cuerpo reaccionaba por sí solo.
―Algún día lo comprenderás... y sabrás quién realmente tú eres… ―respondió la voz misteriosa entre ecos al mismo tiempo que me zumbaban los oídos.
Mis ojos se abrieron rápidamente, mientras las gotas de sudor recorrían mi cuerpo por aquel extraño sueño.
«¿Eh?... ¿Cuánto tiempo habré dormido? ¿Dónde estoy?» me pregunté confuso, mientras movía mi cabeza para mirar un reloj de pared que se sonaba colgado arriba de mi. Incluso, por el sueño, me olvidé totalmente que tenía un reloj puesto en mi muñeca. «¡¿Tan tarde es?!» dije mirándolo de revés. Noté que había dormido a más de las doce de la noche. Unas seis horas en total. «¿Que vine a hacer yo aquí? ¡Oh!, es cierto, estaba en el Dōjō1…» Y, recobrando la memoria, intentaba ponerme de pie mientras escuchaba a un joven gritar de dolor. Al levantarme, veo a dos personas luchando con espadas de bambú. Uno claramente más fuerte que el otro. El hombre más grande tenía un tatuaje como los que se utilizan en algunas mafias o grupos de vándalos actuales. «Bonito Dragón» pensé. Un dragón con una armadura negra se encontraba tatuado como si se agarrara a su cuello con sus filosos dientes. La fuerza de aquel sujeto, su espalda ancha y corpulenta, la forma de mover la espada en sus manos y la ropa que usaba, decían lo que aquel hombre era, el más fuerte del lugar, si no, el Maestro. Y claramente, el que saldría victorioso. Luego, con tan solo dos golpes, el hombre de más de dos metros de altura, tumbó a su contrincante, un joven desnutrido ―o muy cansado, era difícil saberlo― de piel morena, que, cayendo al suelo, rogó para que no lo golpeara más con las vagas fuerzas que le quedaban.
―¡¿Nadie más quiere retarme?! ―gritó el Maestro con voz fuerte y segura, mirando a los presentes, para atemorizarlos con ojos de águila lista para cazar.
―¡Yo! ―exclamé― necesito el pergamino que guardas en ese armario ―Aparecí de entre los demás jóvenes aprendices, mientras señalaba un rollo largo horizontal que se encontraba en una pequeña vitrina de madera con cristales transparentes, la cual tenía tallados varios símbolos a su alrededor. Y que se encontraba al medio de un grupo de antiguas armas de guerra humanas, al medio de todo el lugar.
Mientras todos veían mi reacción inicial, quizás podían pensar en el tiempo que estuve detrás de ellos sin que se dieran cuenta, o de donde salí, o sorprendidos de mi belleza física como hombre blanco de cabellera lisa negra corta, de ojos oscuros castaños, y muy atractivo… o nó. Nadie se dio cuenta de mi presencia porque me encontraba oculto entre unas cajas de diversos tamaños, o también quizás porque me oculté antes de que todos llegaran siquiera, y de tanta paz, me quedé profundamente dormido.
―¡¿Qué dijiste chiquillo?! ―preguntó el Maestro al escuchar mi petición.
―¡Dije que quiero el título de esta región y te reto a un duelo, aquí y ahora! ―Exclamé sin temor, mientras quitaba el sucio de mi ropa. Una traje de fiesta elegante negro y una camisa debajo blanca, con una corbata negra, que tenía dibujada una pequeña águila blanca al centro. Zapatos de color negro oscuro, brillantes por el reflejo de la luz. Y un pequeño reloj negro, en mi muñeca izquierda.
―Han retado al Maestro! ―exclamaba un joven al otro lado del lugar.
―¡Tú ni eres de aquí! ¡Ja, ja, ja! ―dijo riéndose fuertemente― ¡que ingenuo! ¡¿crees que podrás contra mí?! ―gritó nuevamente mientras hacía un movimiento con su cabeza, inclinándose levemente hacia delante, para luego mirarme con el ceño fruncido―. Bueno, si es tu deseo, ¡adelante! terminemos rápido con esto para que veas que tan débil eres ―respondió sin más ánimos de charla.
―Como guste, pero más le vale que me ataque con todas sus fuerzas, si no puede que la pase muy mal ―respondí observándolo de pies a cabeza para examinar su fuerza.
―Bueno… no te la pondré fácil de todos modos ―respondió el Maestro―. Está bien, comencemos, ¿listo muchacho?.
―¡Por supuesto!  ―respondí listo para la batalla, y, agarrando un Bokken que se encontraba en el piso hecho de madera, el cual se le había caído al anterior oponente, me coloqué en posición de combate.
―¡¿Todos conocen las reglas, no?! ¡Nadie hace nada! ―gritó una joven de cabello castaño que se encontraba detrás de mí.
Luego, todos se apartaron de la zona de combate, y ambos contrincantes ―él Maestro y yo―, nos colocamos frente a frente esperando una señal. Pero nadie salvo el maestro musitó luego de observarme fijamente durante unos segundos.
―¡Ahora! ―gritó súbitamente dando comienzo a la batalla, para luego lanzarse rápidamente hacia a mí, tomándome desprevenido... una trampa muy buena diría yo ―la cual no es ilegal en un duelo no oficial―.
Me logré posicionar mejor apartándome, antes de que el primer golpe de mi gran oponente surtiera efecto. Muy confiado de sí mismo, atacó con una velocidad lenta, pero con un fuerte golpe hacia la cabeza. Yo bloqueé su ataque con la espada impidiendo el golpe directo que podría ser fatal. Y, desviándolo hacia mi izquierda, lo dejé pasar, y me coloqué detrás de él, para luego empujar la punta del bokken contra su cuerpo.
―¡Vamos! ¿Esto es todo lo que puedes hacer? ¡ni me ha dolido! ¡¿y a eso lo llamas defensa?! ¡hasta un bebé lo puede hacer mejor! ―dijo el Maestro estirando sus brazos hacia sus extremos opuestos.
―No, pero tú te lo buscaste ¡terminemos esto entonces! ―respondí observándolo mientras apuntaba hacia sus piernas.
Ataqué con una inmensa velocidad. El maestro trató de defenderse bloqueando, e igual acerté un golpe directo a su espada de madera ―la cual le habían entregado antes de comenzar el combate―, lo cual hizo que esta cayera al suelo. Luego, corrí rápidamente detrás de él para golpearle un poco la espalda. El maestro se lanzó hacia su espada y la volvió a tomar mientras se colocaba en una posición ofensiva con un poco de dolor de espalda… él trató de atacar con otro fuerte golpe, pero bloqueé su ataque, para luego atacar a su pierna izquierda. El maestro, sufriendo un dolor inmenso, cambió a una posición defensiva, para tratar de evitar mis golpes. Yo, anticipando sus movimientos, salté dando un giro de tres ciento sesenta grados de frente en el aire para darle un golpe recto en la espalda nuevamente. En un intento de defensa, giró desesperadamente tratando de  bloquear mi ataque, y logrando defenderse, se colocó nuevamente en posición. Al ver que mi técnica no funcionaba, volví a atacar más rápido para que no lograra esquivar mi ataque, y le golpeé la pierna derecha. Él, en su último intento de ataque y herido, se lanzó hacia mí con su espada tratando de darme una estocada directa al cuello. Pero ataqué al agarre de su espada y se la quité de las manos, dando yo así, el último golpe. Un golpe con la parte sin filo de mi espada, la cual luego cayó rápidamente en su cabeza y lo dejó tumbado en el suelo.
Justo al terminar el combate, se escuchaban gritos provenientes de todos los lugares. La gente aplaudía, se emocionaba cada vez más por la gran victoria de un “hombre común”. Y luego exclamaron en grupo «¡A ganado!», para luego ver la reacción de su “Maestro”.
―Argg… ¿Co―cómo es posible que seas tan fuerte? ni una gota de sudor tienes –preguntó el maestro herido.
―Jajaja, no es ni siquiera un tres por ciento de toda mi fuerza ―dije burlándome―. Bueno, es hora de que me des lo que he venido a buscar, ese pergamino ―dije mientras lo señalaba.
Caminé hacia donde se encontraba el pergamino, mientras que el maestro se trataba de levantar. Junto con todos caminando hacia él.
Abrí el estante después de llegar, agarré el pergamino, y seguido, dí media vuelta para irme del lugar.
―Bueno, esto era todo lo que vine a buscar, ahora ¡adiós! Ja ja ja ―dije mientras hacía un gesto de despedida, alzando el pergamino en el aire.
Mientras me dirija a la puerta, recogí su Bokken ―soltando el que tenía ya desgastado― que se encontraba tirado en el suelo justo a su lado, y después, de un salto, la funda ―una funda negra con un cordón rojo―, que se encontraba colgada arriba de la puerta principal, como si fuese un trofeo.
Antes de salir, recordé vagamente lo que debía decirle a los alumnos, después de ver sus “prácticas” rutinarias.
―¡Oh! y los alumnos que estén interesados en mi escuela, están libres algunos puesto, pero bien se pueden abrir más, claro. En esta ni técnicas enseñan, y dudo que de esta manera alguien pueda aprender… si no saben dónde se encuentra, está en la frontera de la región Norte. Es la única que hay, así que debería ser fácil reconocerla. Ahora sí, adiós ―dije mientras hacía el mismo gesto de despedida que hice con el pergamino, pero esta vez, con la espada.
Al retirarme del lugar, algunas personas salían detrás de mí. Quizás yendo a sus casas... o comenzando el gran viaje a donde les “indiqué”, no sabría recordarlo... fue hace mucho ya.
Ya victorioso del combate, y después de apartarme del lugar, llegué a la calle principal. Todas las casas del pueblo en el que me encontraba estaban hechas de madera. Cada una con sus decoraciones totalmente diferentes, pero del mismo estilo, un estilo antiguo, sin alguna decoración del año en el que nos encontrábamos… como si no quisieran cambiar. «¿El año? ¿que año es este?» pensé. «Dos mil…» seguí pensando por otros segundos «...Claro, ¿cómo pude olvidarlo? estamos en el dos mil cincuenta y siete...» dije en voz baja mientras seguía observando las casas al caminar. Después de unos momentos, pasé por un callejón oscuro cubierto de neblina hasta llegar a la plaza principal de la ciudad... se escuchaba el eco de mis pasos al caminar, cosa que era útil para saber si alguien me seguía, pero no en mí.
Miré a mi alrededor, y vi a una bella mujer arrodillada frente a la estatua de un Ángel de alas largas con una espada que estaba clavada a un hombre sin rostro mientras este estaba arrodillado orando, esta, se encontraba al medio de una fuente circular con puntas a los alrededores, como si quisiera formar un pentalfa, acentuándose desde donde lo observaras hacia arriba. Junto con un marco incrustado en la parte de “abajo” de este decía; Ora hasta que logres hallar tu verdad, o hasta que la verdad se deje encontrar por ti.
La joven mujer era de contextura delgada y de cabellera color castaño oscuro, y medía alrededor de un metro setenta con poco más ―era difícil de saber mientras estaba arrodillada―. Caminando lentamente me acerqué a ella, y mientras caminaba, varias nubes que cubrían el cielo se abrían, dejando un haz puro de luz proveniente de la luna. Perplejo sin saber si este era causado por ella, o si realmente un ángel estuviera acompañándola en sus plegarias, me limité a observarla fijamente para luego preguntarle «¿Qué haces aquí sola tan tarde? es peligroso estar por estas calles a estas horas de la noche» e intenté no asustarla con mis movimientos.
Ella, por varios segundos, se limitó a ignorarme continuando su plegaria.
―Vamos, no puedes estar aquí sola a estas horas, hay gente mala por las calles.
―¿Como tú? ―respondió sin siquiera mover un dedo, y aún con los ojos cerrados, se limitó a preguntar inexpresivamente.
―Pues…
Interrumpiéndome, habló.
―No tengo donde ir. Mi madre y yo fuimos apartadas hace ya muchos años, y mi padre fue asesinado unos años atrás cuando trataba de proteger nuestro hogar de unos hombres extraños. No tengo trabajo, y nadie de mi familia me quería cuidar, porque, según ellos, el futuro que ven mis ojos, traerá solamente desgracia ―respondió con una voz suave y serena, aunque sin titubear.
Yo, al escuchar esas palabras, supe quién era. Y para no causar una conmoción, intenté “romper el hielo” preguntándole por su nombre, aunque ya lo supiera.
―Mi nombre es Angélica, ¿y se puede saber el tuyo? ―me preguntó confusa, y un tanto despreocupada. Como si mi existencia no surtiera un mínimo sentimiento de miedo en ella.
―Es Leonardo, mucho gusto ―respondí a la pregunta con un tono seguro.
―Igualmente ―respondió con voz temblorosa ahora, como si hubiera cambiado su patrón de ataque, y pasar a ser una damisela perdida y abandonada.
―¿Qué te parece si te quedas a dormir en mi casa esta noche? se ve que tienes frío ―le pregunté para no dejarla sola por las calle de esta ciudad. ―Necesito hacer unas cosas antes de volver a la parte de la región donde vivo, y así te quedas a dormir para que no estés sola ni con esas ropas por estos lugares… ―dije mientras la observaba detenidamente, y, detallando sus facciones con un sentimiento nostálgico al observar sus claros ojos marrones, una paz inmensa me invadió, junto con un miedo leve, detrás― Y para ser sincero, necesito hablar con alguien de vez en cuando si no podría colapsar de soledad, creo… ―dije volteando la mirada, para no observar los huecos desnudos de su ropa desteñida.
―Está bien, ¡pero ni se te ocurra pensar en hacerme algo! ―respondió fuertemente con tono seguro y frunciendo el ceño, para luego abrir sus párpados por la sorpresa luego de fijar su visión en su vestimenta. Sus ojos eran de un color roble, claros. y con un volumen intenso, como si los mismos ojos quisieran atraerte con su belleza. Y quizás eso pasó, aunque solo por un instante.
―Tranquila, no soy de ese tipo de persona. Además ya vi suficiente… ―respondí cerrando los ojos y alzando la cabeza.
―¡¿Qué?! ―gritó mientras se cubría el cuerpo con los brazos.
―¡Bueno, vamos! ―dije mientras caminaba hacia el lugar donde me dirigía en un principio.
―¡Eh, Espera! ―gritó mientras se levantaba para seguirme.
Caminamos por las calles de la ciudad y llegamos a una casa de dos pisos de color gris al final de un callejón cerrado.
―Espera, necesito hacer unas cosas aquí primero…vamos, entra.
Tocamos la puerta, pero nadie responde.
―Uhm… quizás no esté, pero igual entremos, a veces no quiere abrir la puerta ―dije confuso empujando el pomo de la cerradura― Oh, pero si está abierta ―dije sorprendido mientras caminaba.
Al entrar, observamos la decoración del recinto. Totalmente diferente a todos de los que se puede visualizar de reojo entre las ventanas de las demás casas… Una decoración con todo tipo de armamento, desde espadas cortas, hasta largas. Pasando por todo tipo de armaduras, ligeras, pesadas e incluso, trajes de tela gruesa o con mallas. Y no olvidar lo muebles, hechos de pieles oscuras, y una estantería de roble grueso llena de libros viejos pero bien cuidados. Una chimenea grande con varias fotos borrosas por la humedad, junto con una gran cantidad de instrumentos decorativos colgados a las paredes rojizas.
Después de admirar el escenario ante mí, me acerqué al gran mostrador del lugar, y, tocando una campanilla que se encontraba al lado de varias gemas preciosas amontonadas ―un rubí, un zafiro y un pequeño diamante arriba de todo que brillaba por la luz de la chimenea―, esperé unos segundos… pero nadie atendió.
―¿Hay alguien? ―pregunté― ¡Viejo! ¡¿estás aquí?! ―grité fuertemente para que se escuchara detrás de una cortina que dividía la entrada con la parte trasera de la casa.
A los pocos segundos, una persona salió de una puerta que se encontraba justo detrás a mano izquierda de la cortina. y gritando, exclamó su enojo.
―¡Oh, Vamos! ¡no hay que hacer tanto ruido! –gritó un hombre con voz ronca― ¿Y? ¿qué tenemos por aquí?... ¡vaya! ¡si es el famoso León de la oscuridad que viene de visita! ―respondió con entusiasmo una persona vieja, de cabellera blancuzca, una larga barba que le llegaba casi al ombligo, y vistiendo una ropa arreglada, pero que no de clase alta. Y de soporte al caminar, un bastón de madera rojiza oscura, el cual tenía varios símbolos extraños marcados alrededor del mismo en forma de espiral de punta a punta ―el bastón se parecía más a un palo regular que a cualquier cosa, pero se veía importante―.
―Ja, ja, ja.. sí, vengo de vendedor esta vez. ¿Cuánto me das por este Bokken? ―le pregunté mientras la colocaba en el mostrador― Lo conseguí en un duelo de por aquí. En el Dōjō para ser preciso, y se ve que es importante ya que su funda estaba colgada en el marco de la puerta.
―Se ve vieja… ―pensó por unos segundos― Aunque posee las iniciales de uno de los grandes maestros artesanos de hace unas décadas atrás ―Respondió mirándola fijamente.
―Vieja… ¿Igual o más que tú? ―pregunté soltando una leve sonrisa.
―Jo, jo, jo. No seas tan engreído, debes respetar a tus mayores ―mientras terminaba de hablar, revisó la espada una vez más para no obviar ningún detalle importante que se le pudiera pasar sin querer― Sí, es vieja... ―continuó― pero con una buena restauración y buen mantenimiento, quedaría como nueva en poco tiempo ¿de dónde la sacaste? ―preguntó interesado.
―Te lo acabo de decir, ¿qué?, ¿no escuchas o qué? ―dije mientras golpeé suavemente el mostrador.
―Ji, ji, ji ―respondió simplemente con una risa de bufón entre dientes.
―Bueno, basta de juegos... ¿Y? ¿cuánto das por ella? ―pregunté rápidamente para librarme de ella.
―¿Qué te parece una pequeña información no autorizada que circula por la red? ―respondió mientras frotaba su mentón con su mano.
―Bueno, la causa es buena, además no la necesito, tengo mejores. jo, jo ―le contesté riendo con una risa de bufón parecida a la de él.
―¿Entonces aceptas? aquí está ―dijo mientras sacaba algo de debajo del mostrador. Una bolsa simple de cuero con un hilo de color rojo escarlata, que, por lo que parecía, tenía algo dentro.
–Oh, ¿me guardabas la información? usted es muy macabro señor. ¿Y se acordó de...? ―le pregunté acerca del color del hilo señalando la bolsa.
―Ja, ja ¡Claro! si no recordara cosas tan simples como esta, no tendría clientes ¿no lo crees? ―respondió con confianza.
Recogí la bolsa del mostrador para luego guardarla en uno de los bolsillos de mi traje.
―Sí… supongo que tienes razón ―respondí a su pregunta mientras que me daba la vuelta para salir de la casa.
―¿Eh?, ¿ya nos vamos? ―preguntó Angélica confusa.
―Sí, tengo cosas que hacer ¿alguna otra cosa? ―pregunté mientras la veía de reojo.
―Eh… No pe―
Interrumpiéndola, el viejo pronunció unas palabras.
―¡Oh sí! ¡casi se me olvidaba! ―dijo mirándome con cara de duda― Unas personas te estaban buscando esta tarde. Desconozco el motivo.
―¿No lo sabes? entonces no tengo idea para qué será ―contesté mientras volteaba levemente la cabeza y sin saber de qué me está hablando― pero luego investigaré… yo me encargo, no te preocupes ―le respondí después de una leve pausa mientras giraba mi cabeza nuevamente devuelta a la salida.
―Bueno, como sea, pero se veía que tenían prisa… de todas maneras, gracias por la venta ¡y vuelve pronto! ―dijo haciendo un gesto de despedida con la mano.
―Tranquilo, volveré, no sé cuándo, pero lo haré… o eso creo, ¡adiós…! ―respondiendo a su gesto, me despedí, y salí de la casa.
―¡Hey! ¡Espérame! ―exclamó Angélica corriendo detrás de mí.
Salimos de la casa, caminamos hacia las afueras de la ciudad. Luego, después de un rato, pasamos los campos de esta. Visualizamos la entrada al bosque justo al salir de los límites de las cercanías “seguras”. Luego, caminando unos minutos más, nos adentramos al bosque. Al caminar, observé a Angélica y sus gestos de confusión. No se detenía.
―¿Quieres decirme algo? ―pregunté mientras aminoraba el paso.
―Oh, perdón. ¿está bien que te llame Leo? ―preguntó mirándome fijamente.
―Claro. No hay problema, realmente Leonardo me parece muy largo, así que no hay problema... ¿Y, querías preguntarme algo? ―le dije para sacarla de cualquier duda.
―Sí. Es que… tenemos un buen rato y no he visto ninguna arma en tu ropa, ni nada por el estilo, aparte de la que vendiste en la tienda ―dijo confusa.
―Ah, eso… es que todas mis armas están en mi casa principal. Cuando salgo a pasear por el mundo, nunca las uso, ya que no las necesito. Soy hábil en todo tipo de artes marciales por lo que sé defenderme bien. ¿alguna otra cosa? ―Respondí con tono de confianza.
―Oh… no. Creo que eso era todo lo importante, aparte de la pregunta de qué ¿cuánto es el tiempo que tendremos que caminar para llegar?
―Aún falta... Pero si caminamos más rápido, llegaremos más rápido ¿no? ―respondí para darle ánimos para seguir caminando.
―Sí ¡hagámoslo! ―respondió con entusiasmo y comenzó a caminar aprisa.
Después de la breve charla, Angélica y yo comenzamos a caminar más rápido. Unos diez minutos después, logramos ver la silueta de un antiguo edificio cubierto por la oscuridad del bosque. Acercándonos, saqué una pequeña llave de uno de los bolsillos de mi traje ―el único que tenía la camisa realmente―.
―Esta es mi casa, entremos― le dije rápidamente mientras nos acercábamos a la puerta.
Cerca de la casa, se abría el paso a un gran edificio, de un solo piso, pero alto. Hecho a base de madera del bosque, y tallado a mano por alguna persona. Tenía ventanillas de aire por aquí y por allá, junto con ventanas regulares con cristales gruesos, tintados con un color gris oscuro, los cuales estaban empañados por la humedad.
―Por fin llegamos... pero… ¡No pensé que fuese tan grande tu casa! ―exclamó Angélica sorprendida y respirando pausadamente por la larga caminata.
―Bueno, ni tanto. Tengo muchas más grandes que esta ―le respondí presumiendo.
―¡¿En serio?! ―gritó fuertemente de la impresión― pues es muy grande para solo una persona ¿no lo crees?
―Sí, esta es solo para descansar de vez en cuando, así que no me importa mucho. Y por lo mismo quería compañía. Bueno, pasa, siéntete como en tu casa ―respondí mientras entraba― Y tienes que quitarte esos viejos zapatos que tienes, no quiero mandar a limpiar la casa tan rápido. Ahí ―señalé un estante pequeño al lado de la puerta― hay pantuflas, puedes usarlas. Ahora entra.
Entramos, y vimos que tan grande era realmente la casa por dentro. Toda cubierta de madera. Todas las zonas de la casa parecían antiguas. Desde la cocina, hasta la gran habitación antes de esta, y era como si tampoco quisieran conocer el poco futuro que el planeta les brindaba. fue construida por los diseñadores de la zona, no se podía esperar mucho igualmente.
Acercándome a la chimenea ―que se encontraba al medio de la habitación principal y la cocina―, agarré un pedazo de madera que estaba dentro de un agujero posado en la pared justo al lado de esta. Lanzandola dentro de la chimenea junto con los otros pedazos quemados, enciendo el fuego con un encendedor largo que estaba al lado izquierdo de esta, sobre una mesa pequeña.
Después, cogí una manta blanca grande que estaba dentro de un armario junto a la cama, para disminuir el frío del bosque que nos abrazaba todavía a través de los ventanales.
―Ponte cómoda, hay ropa en el armario, aunque la poca que hay de mujer es de mi asistente. No creo que se moleste en prestártela… y creo que sus tallas son parecidas. También hay comida y bebida en la nevera, puedes agarrar lo que quieras ―dije todo señalando cada lugar de la habitación―, también puedes colocar tu ropa sucia ahí en esa cesta, y allí está el baño, por si quieres ducharte… Ahora, esperaremos a mañana que regresa mi asistente, para que me diga los detalles de la misión que le encargué ―le dije mientras estiraba el brazo para pasarle la manta.
Ella salió a ducharse, y a los pocos minutos había terminado. Yo, intentaba no mirarla apartando mi vista hacia otro lado, y efectivamente, no podía observarla desde el punto al que volteé, hasta que continuó.
―Listo, ahora deja me cambio ―respondió mientras caminaba dirigiéndose al armario.
―Espera, ya me salgo ―dije mientras caminaba hacia la puerta.
―Oh no, no te preocupes. Además, esta es tu casa, no tienes por qué salirte ―dijo sucesivamente para luego caer en una breve pausa―. Simplemente date la vuelta como estabas antes, y… ¡sin espiar! ―respondió mientras me señalaba con el dedo índice.
―De acuerdo ―dije volteando nuevamente mi cuerpo para mirar a la chimenea.
Después de darme la vuelta, y, aunque quería seguir mirando las chispas del fuego, cerré mis ojos para esperar a que se cambiara… escuché el sonido de su ropa caer, diciéndole a mi mente que no debía mirar, coloqué mi mente en blanco para no pensar en lo que pasaba justo detrás de mí. Unos segundos después, terminó de cambiarse.
―Ya. Puedes voltear ―dijo con un tono seguro.
Me dí la vuelta, y la vi con la ropa de dormir ya acostada en la cama, mirándome.
―Bueno, Ahm… me tocará dormir en el suelo ―dije mientras me colocaba cerca de la chimenea, no muy lejos de la cama. Y, con la manta que aún mi brazo sostenía, cubrí mi cuerpo helado. Luego, me senté contra la pared, apoyando la espalda en esta.
―Duerme bien, mañana será otro día. Para así, lograr vivir lo que nos depara el futuro.
―Gracias, tú también... y que pases buenas noches ―dijo mientras se volteaba a mirarme. Y, seguido, cerrar los ojos para dormir.
Me quedé sentado unos minutos mientras esperaba a que se durmiera. Veía su rostro cálido de ángel pensando: «Igual al rostro de su madre. pero la actitud es la misma que la su padre… sumisa» pensé entre una pausa breve entre pensamiento y pensamiento. «Debería decírselo, aunque no sé si deba en estos momentos» Y, cerrando mis ojos, me quedo dormido en breve, aún habiendo dormido ya bastante anteriormente.
A la mañana siguiente, abrí mis ojos, y para mi sorpresa... no vi a nadie, ni a ella, ni a mi asistente. Ni en la cama, ni en la habitación... y me invadió un pequeño sentimiento de melancolía. Como si en el momento, me hubiera importado su falta de presencia. «¿Dónde estará?» pensé aún con un poco de sueño.
―¿Angélica? ―pregunté alzando la voz para que sonara en todo el lugar.
La puerta de la casa se abrió unos segundos después mostrando a una persona vestida con una camisa blanca manga larga con cuello de tortuga, y un pantalón largo azul con una gran mancha blanca en la parte de los muslos para hacerle un efecto de pintura.
―Oh, ya te despertaste… buenos días Leo ―dijo la voz de Angélica mientras se acercaba a mi, al mismo tiempo que el sentimiento de melancolía desaparecía.
―Buenos días, y... ¿qué haces despierta tan temprano?, apenas van a hacer las cinco de la mañana ―pregunté confuso después de ver la hora en mi reloj bostezando por el sueño mientras observaba su nueva ropa―. No sabía que Dani tuviera esas ropas.
―¿Quién es Dani? ―preguntó haciendo gesto de confusión, y con una pausa, continuó― Es que no podía seguir durmiendo... y ya estoy acostumbrada a levantarme temprano. ¿Y? ¿qué haremos hoy? ―volvió a preguntar con actitud entusiasta.
―Daniela, mi asistente ―le dije para sacarla de dudas sobre la ropa que le habían prestado―. Lo primero será esperarla, ya debería de estar por llegar. Incluso, se ha tardado mucho ―dije mientras me encaminaba a la salida de la casa.
―Está bien, esperemos mientras llega entonces ―dijo mientras me acompañaba.
Saliendo, esperamos unos segundos, y se vió a lo lejos una sombra entre el inmenso bosque acercándose rápidamente, después de estar cerca, la sombra se lanzó sobre mí. Caí al suelo por el peso, y esta exclamó: «¡Volví maestro!».
Ya reconociendo la figura, una joven con piel bronceada, más o menos de un metro setenta de altura, con cabello largo hasta la mitad de la espalda, totalmente negro. Junto con una vestimenta Ninja de color negro que le cubría todas las partes del cuerpo, a excepción del rostro ―el cual tenía algunos rasgos asiáticos―, las manos, y los pies, que estos cargaban unas sandalias sin ningún tipo de ataduras, solo una tela semi gruesa al medio de sus dedos.
―¡Bienvenida! ¿Cómo te fue en la misión? Espero buenas noticias ―respondí ante su llegada.
―Sí, traje toda la información que me pidió ayer, la enviaré a su base de datos de inmediato ―respondió alegremente mientras se levantaba para luego manejar un pequeño dispositivo plateado parecido a un reloj que se ubicaba en su mano izquierda ―parecido al mio, solo que más pequeño―.
Buscó la información en su reloj... Este, abrió una función holográfica. Dio unos toques a la pantalla, y se mostró una información siendo enviada a mi dispositivo con pequeños haces de luz ―un reloj parecido al suyo, pero de color negro con blanco, y más grande―. Mientras lo hacía, miraba a Angélica curiosamente.
―Maestro… ―dijo― ¿Quién es ella? ¿y por qué lleva mi ropa? ―preguntó mirándola fijamente con celos.
«¡Eso fue rápido!» Exclamé mentalmente.
―Bueno... es cierto, como acabas de llegar se me olvidó presentarla. Ella es Angélica… Angélica, ella es mi asistente personal desde lo que llevo viajando ―dije señalándolas a ambas con la mano para presentarlas―. «Que no es mucho» ―dije seguido murmurando― Su nombre es Daniela.
―Gusto en conocerte Daniela ―respondió amablemente mientras le estiraba la mano para saludarla.
―Igualmente ―dijo respondiendo con frialdad, y, dejándole la mano en el aire.
Al ver su gesto, decidí continuar con la explicación anterior.
―Y lo de tu ropa, es… porque no tenía nada más que ponerse, ya que la cargaba puesta estaba toda deshecha y sucia.
―Claro… ―respondió entrecerrando los ojos y con tono molesto.
―Venga no es para tan― ―respondí, pero tratando de hacer audible mis palabras soy interrumpido.
―Maestro, otra pregunta ―replicó ante mis comentarios.
―Claro... ¿Cuál es? ―contesté sorprendido.
―¿Ella tiene Energía? ―dijo cruzando los brazos.
―No lo sé. Quizás. Aún no hago una investigación de datos sobre su condición física ―dije mientras veía a Angélica de arriba hacia abajo―. Ni creo hacerlo tampoco ―respondí buscando un cambio de conversación para no dar una idea equivocada. Aunque ya sabía quién era, y que si poseía esa tal energía de la que Daniela hablaba.
―¿Energía? ¿Qué es eso? ―preguntó Angélica sin saber de lo que hablábamos.
―Luego te lo explicaré, no te preocupes.... Bueno es hora de irnos a la ciudad otra vez chicas. Espero que encontremos algo que hacer... si no será muy aburrido todo el día y lo que llevaremos de viaje.
―¡Entendido!―¡De acuerdo! ―respondieron ambas al mismo tiempo.
―Esperen, tengo que cerrar la casa y poner las trampas antes de irnos, si no podrían destruirlas los feroces animales del bosque.
―¿Habían animales feroces? No ví ninguno cuando pasamos por el ayer por la noche.
―Sí, aún hay realmente. Yo detuve a una serpiente de morderte de camino.
―¡¿Eh?! ―gritó sorprendida.
―Es broma… ja, ja ―dije para calmarla, aunque sí había pasado.
Luego, me acerqué a la casa y empujé un pequeño interruptor que se encontraba en la pared dentro de unos matorrales secos que colgaban de esta. Las puertas y ventanas se cerraron. Luego se activaron unas trampas alrededor de la casa.
―Bueno, ya podemos irnos, debería estar segura ―dije al ver el perímetro seguro.
―¡Entendido! ―contestó Daniela.
―Oh, antes de eso... ―dije acercándome a Angélica.
Con un poco de fuerza, levanté a Angélica agarrándola por la espalda y piernas ―como si fuera una princesa. Mi error, Daniela parecía muy enojada por mi acción, aunque no lo demostraba físicamente―.
―¡¿Eh?! ¡¿Qué haces?! ―preguntó Angélica apenada mientras forcejeaba para bajar.
―¿Yo? nada... ¡vámonos! ―respondí para luego salir rápidamente saltando de árbol en árbol a través del bosque.
Rápidamente partimos hacia la ciudad. después de unos minutos, de saltar grandes distancias para ir más rápido, terminamos el bosque. Y, cruzando los campos, llegamos a las afueras del pueblo, por el cual allí, nos detenemos en la entrada de los llanos a unos cien metros de la ciudad.
―Oh, está más tranquilo de lo que esperaba. Algo está pasando... ―dije preocupado observando los alrededores.
―¿Como que? yo he pasado por aquí muchas veces y siempre está igual ―respondió Daniela.
―No, sé que algo pasa, las sombras me lo dicen...
A lo lejos, se escuchan unos ruidos provenientes de la parte más lejana de la llanura.
―¡Auxilio!... ¡Auxilio! ¡Alguien que nos ayude! ―gritaba una voz a lo lejos.
Mientras que se fue acercando la figura por la llanura, logramos ver a una persona de estatura baja, de alrededor de un metro veinte, hombre, por su gran barba y bigote largo, y, con vestimentas de minero rasgadas y sucias.
―¿Qué pasa? ¿Qué sucede? ―preguntó Daniela preocupada.
―¡En…en la mina! ―intentó explicarse el hombre cansado y sin aliento.
―Calma Enano. ¿Qué pasa en la mina? ―pregunté confuso.
―¡Varias personas!… ¡mis compañeros! ¡están secuestrados! ―dijo el hombre gritando mientras temblaba de miedo.
―De acuerdo, te ayudaremos, pero cálmate primero... dimos exactamente qué pasó con un poco más de detalle ―dijo Angélica intentando tranquilizar al hombre asustado.
―Unos bandidos nos emboscaron en la mina de cristal, nuestra mina... dijeron que eran los dueños de ella ahora, e incluso tenían una carta falsa... reconocimos que era falsa inmediatamente, pero nos forzaron a hacernos a un lado... dijeron que ese era su territorio, por lo cual teníamos que dejar lo que estábamos haciendo, y apartarnos del camino... que nosotros los estábamos invadiendo... y que si no hacíamos lo que decían nos iban a matar uno a uno después de que pidieran rescate ―respondió entre pausa y pausa, tranquilamente aunque aún sin aire con falta de energía.
―¡Leo-Maestro! ―gritaron ambas chicas, preocupadas por la situación― ¡hay que hacer algo! ―replicó Daniela.
―Sí, sí, ya entendí... no tienen que gritarme... ―dije moviendo la cabeza en signo de aceptación― Estarán bien, no se preocupen chicas, déjenmelo a mí... ―respondí mientras pensaba en un plan, y después de unos instantes continué― Bueno, vamos a la mina a ver la situación, así veremos quién es su líder, para “hablar” con él ―dije dibujando unas comillas en el aire― Dani, asegura el lugar. No lastimes a nadie, se que era tu mina, pero no debes lastimar a nadie... déjame ese trabajo a mi ―dije mientras tronaba los huevos de mis nudillos.
―Como ordene maestro ―respondió Daniela mientras caminaba lentamente, para luego saltar y desaparecer en el aire.
Corriendo, salimos de las cercanías del pueblo, cruzando los llanos rápidamente... nos adentramos a la zona montañosa cruzando más de la mitad de la llanura. Ya cerca de la mina, se observaba a lo lejos varias siluetas de personas. Llegando, vimos como dos bandidos estaban golpeando a una persona. Uno alto y delgado, y otro promedio pero panzón. Ambos con un traje de tela rojo oscuro con el símbolo de un cristal naranja largo dividido en tres partes en el pecho.
―¡¿A dónde se fue el otro animal?! ¡¿Ah?! ―dijo el bandido alto mientras golpeaba al hombre enano muy parecido a su compañero.
―¡Ya te dije que no lo se! ―respondió llorando del dolor.
―Nada que informar maestro, aparte de esto… ―dijo Daniela aún oculta― ¡Oigan ustedes! ¡Alto! ―gritó Daniela para detenerlos, después de aparecer detrás de nosotros de imprevisto.
―¡¿Eh?! ¡¿Quiénes son ustedes?! ¡Bah! ¡da igual! Si no traen los requisitos del rescate, morirán como todos los otros ―contestó el panzón furiosamente, acercándose y sacando su espada de un lado de su vestimenta..
―¿Sí? tu muerte será rápida de igual forma ―respondí observándolo cuidadosamente.
El bandido panzón, era un hombre de estatura promedio, moreno y de cabellera marrón. Junto a su traje, llevaba una espada corta en forma de curva ―parecida más un cuchillo largo― a su lado derecho, el cual después de retirarla de su funda, me atacó utilizándola en su mano izquierda balanceándola de lado a lado horizontalmente.
Buscando un punto débil en su cuerpo, lo esquivé varias veces para ganar tiempo. Tratando de atacarme más de cerca, apoyó su rodilla izquierda en el suelo, cambió la espada hacia su otra mano, y con el pie derecho se impulsó atacándome más rápido que antes. Yo bloqueé su ataque con mi mano izquierda. Le sostuve el brazo por varios segundos, pero aún con sus forcejeos no pudo hacer mucho, y luego le clavé la punta de su espada en la garganta con un movimiento de brazo para matarlo rápidamente. Mientras se desangraba, le dije al oído: «¿Ves? te lo dije, fue rápido». Y Soltándolo ya casi desangrado, su cuerpo cayó en el suelo húmedo con una sensación tibia por el correr de su sangre a través de este.
―¿Y bien? ¿tú también quieres morir? ―le pregunté al otro bandido, mientras veía como temblaba de miedo.
―¡No! ¡por favor no me mates! ¡soy nuevo, lo juro! ¡me dijeron que si no venía me golpearían hasta quedar inconsciente y luego me tirarían a un río para ver si moría ahogado! ―respondió temblando del miedo y haciendo gesto de clemencia en el suelo.
―Bueno, espero que sea verdad, porque si nó… ―respondí mientras me colocaba frente a él.
―¡Sí! ¡No miento! ¡es la pura verdad! ―respondió de inmediato al escuchar mis palabras.
―Bueno, ahora hay que ir a buscar a los que están dentro, dime dónde están... ¡vamos!
―¡Sí señor! ¡como ordene!  ―respondió el bandido levantándose del suelo― Están dentro de la cueva, pero a mí― ―cambió de frase en un mordisqueo de lengua― Digo, a nosotros, nos pusieron a vigilar el exterior con estos Enanos, por si alguien aparecía.
―Gracias, era todo lo que necesitaba saber ―dije mientras me apartaba unos pasos.
―De nada, seño―... ―el bandido cae al suelo nuevamente mientras pronuncias vagas palabras apenas audibles... Cuando cae, la sangre de su pecho comienza a expandirse por el suelo creando otro pequeño charco rojizo.
―Oye leo ¿qué le pasó? ―preguntó Angélica sorprendida.
―No valía la pena dejarlo vivir, estaba mintiendo ―respondí mientras caminaba a la entrada de la mina.
―¿Como lo hiciste? ni siquiera logré verte mover.
―Pues…No sé cómo explicártelo aún… ―dije mientras hacía una pausa larga― Luego hablamos de eso, cuando todo se calme será mejor, ahora hay que revisar dentro ―respondí tratando de evadir la pregunta.
―De acuerdo ―respondió Angélica confusa por el cambio de tema.
Entramos a la cueva, escuchamos ruidos que se sentían por todas partes, adentrándonos más a la cueva, se encuentra un camino dividido en diferentes secciones.
―¿Y ahora qué? ¿Por dónde entramos? ―preguntó Daniela.
―Ahora… es hora de dividirnos, no se me ocurre nada mejor, ja ―respondí soltando una sonrisa leve― Los grupos serán, Angélica y yo. Daniela, tú ve por la izquierda y asegúrate que esté todo bien. Si encuentras algo dímelo por el dispositivo ¿Entendido?.
―¡Sí maestro! ―dijo haciendo gesto militar de afirmación.
―¡Muévete! ―exclamé dándole la orden.
Y Justo después de mi orden, desapareció.
Ya los grupos formados, nos separamos entre los dos caminos delante de nosotros. Daniela fue por el camino izquierdo y nosotros por el derecho según lo planeado. Ya más adentro, se escuchaban cada vez más fuerte los gritos de las personas, aunque igual al correr parecía visualmente que el túnel no tuviera final.
Después de seguir corriendo por unos metros me dí cuenta de que volvíamos siempre al mismo lugar... la división de caminos. Y al cabo de unos segundos, vi aparecer a Daniela por el otro pasillo.
―Este túnel no tiene final, ¿o es que llegamos al mismo lugar?, no lo recuerdo así... ―preguntó Daniela confusa.
―Hay una trampa mágica... revisen las paredes ―dije mientras comenzaba a examinar el túnel.
―Pues, allí hay algo ―dijo Angélica inmediatamente señalando un cristal naranja parecido al del traje de los bandidos.
―¡Claro!, ¡eso es! ―dije mientras lanzaba una pequeña piedra hacia el cristal para destruirlo.
Después de esa acción, el ambiente cambió. Las luces del túnel se volvieron más vivas, y el aire comenzó a fluir mejor... Un muro mágico de muchos colores se mostró frente a nosotros y una puerta al centro de este se abrió.
Al abrir la puerta, se escuchan perfectamente todos los sonidos que antes apenas se percibían... gritos, llantos, maldiciones y plegarias... todas al mismo tiempo.
―¡Auxilio!... ¡Por Favor! ¡Alguien que nos ayude! ―eran las pocas voces que pude entender.
Los gritos donde están las personas se hacían más fuerte al cruzar lo que quedaba del tramo entre el túnel y la puerta. Después de pasar la puerta, vimos a una persona que se encontraba golpeando a los rehenes para que se callaran.
―¡Con que aquí estaban! ¡Detente! ―gritó Angélica.
―No tienes por qué gritar ―le dije a Angélica― pero sí, es mejor que te detengas, o será peor para ti ―le dije tranquilamente tratando de identificarlo.
―¿Eh? ¿quién eres? ¿cómo lograron pasar el laberinto? bueno, da igual ¡Nuestro líder se encargará de tí! ―respondió un hombre sin cabello alguno en su cabeza y vestido solo con un taparrabos blanco.
―¡Ja!, ¡ya lo veremos! ¿quién es tu líder… el Cristalito Naranja? ―pregunté intentando descubrirlo lanzandole una pregunta confusa, pero sin saber de quién hablaba.
―Ja, ja, ja... Pareciera como si no supieras quien soy o qué hace mi grupo por estos lugares, ¿O no? Líder de la Orden Inmortal... también conocido como el León Oscuro Sagrado de la Hermandad… ¿Ah? ¡¿Leonardo?! ―gritó el líder de los bandidos mientras se levanta de un trono parecido al de un rey antiguo, pero este estaba hecho a base de piedra cristalizadas.
El “líder” no era más que un asesino que había tomado el poder de una pequeña banda de mercenarios. Un hombre cuyo rostro había sido cortado a la mitad horizontalmente. Una herida que le causó un daño superficial, pero que le costó una gran suma de provisiones, que según él me contó una vez, iban a ser para el pueblo donde se crió. Tenía los ojos rojos del sueño y se veía el cansancio en sus movimientos... Su ropa, una camisa de color rojo sencilla y arrugada, con un pantalón negro corto el cual estaba sucio como si lo hubiera arrastrado por el lugar una y otra vez, o hubiera peleado contra alguien... Aunque dudé por unos instantes que hubiera sido una pelea, ya que unos simples mineros no hubieran tenido alguna oportunidad contra él.
―Ese título ya no lo uso… y creo saber quién eres… ―dije confuso al tiempo que ordenaba mi mente y reconocía la voz― ¡Oh! ¡claro! eras uno de los líderes de esta región hace varios años, aunque yo te desterré de este lugar por asesinar a uno de tus allegados... ¿Qué haces aquí? te dije muy bien que no volvieras a aparecer con tu fea cara por estos lugares... ―respondí enojado pero con voz tranquila.
―¡Es hora de recuperar lo que me quitaste!  y ahora es el turno de todas estas personas de sufrir lo que sentí en aquel momento! ja, ja, ja ―contestó seguro de sí mismo soltando una gran risa.
―¡Ni lo sueñes! ¡es mejor que no te muevas! no quiero hacer algo que no debo…  así que mejor quédate dónde estás ―dije moviéndome hacia adelante.
―¡Ja, ja, ja! ¿Qué piensas hacer si me muevo? ¿Eh? ¡soy mucho más fuerte que antes! ―dijo el hombre señalándome y con expresión desafiante.
―¿Y? aún así eres débil y te falta mucho por aprender ―respondí a sus quejas.
―¡Con mi fuerza actual puedo matar a cientos de personas! ―replicó eufórico.
―Tú puedes matar cientos de personas, ¡pero yo puedo destruir ciudades enteras! ―dije para demostrarle con palabras mi poder.
―¡¿Eh?! ¡Nadie puede hacer eso! ¡es imposible! ―gritó Angélica sorprendida.
―¿Imposible? para mí nada es imposible ―respondí a sus palabras, dejándome llevar por el tema, sin medir mis palabras.
―¡Pero eso no lo puede hacer una persona normal! ―gritó molesta y confusa.
―¿Persona normal? ¡se nota que no lo conoces! ¡él es―! ―dijo el jefe bandido mientras yo lo interrumpía.
―¡Calla! ―gritando, detuve las palabras del bandido.
―Ja, ja, ja ¿aún no le has dicho? pues deberías, antes de que ocurra lo que pasó la última vez ―dijo mientras caminaba de lado a lado separando los brazos.
―Ya cállate, no tienes que decirme lo que debo hacer o no ―dije para detener su conversación.
―¿De qué habla Leo? ¿qué pasó la última vez? ―preguntó Angélica confusa.
―No te preocupes, luego te lo contaré, ahora mismo no es el momento apropiado... Primero me encargaré de este traidor ―respondí cambiando de tema.
―¡de acuerdo! ¡como gustes! ―respondió el antiguo líder de la mina.
―¡Veamos qué puedes hacer chico! ―respondí interesado en su “nueva” fuerza.
―¡Ataca soldado! ―gritó llamando al otro hombre que se encontraba con nosotros en la habitación.
El hombre desenfundó una espada que colgaba en su larga espalda. Una espada de doble filo, alargada en el agarre y con hojas cortantes grande ―más parecida a una lanza pequeña―. Yo, observándolo, calculé sus movimientos y me coloqué en guardia esperando que atacara de frente. Él me atacó con su espada de frente, como predije, para tratar de herirme. Esquivandolo, me coloqué detrás de él, y, rodeando su cintura con mis brazos, me incliné hacia delante, para luego lanzarlo hacia atrás... dejé caer su cuerpo contra el suelo, dándole entre la nuca y la espalda. Ya derrumbado, agarré su espada, y, con la punta, toqué su cuello.
―¿Y? ¿Quieres intentar algo más? para mí no hay problema en romperte algunos huesos de tu cuerpo.
―Aaah… eres fuerte…más que antes, me impresionas ―dijo el líder cruzando los brazos después de ver caer a su subordinado.
―Es porque soy demasiado fuerte... y un simple adoptado como tu no podra contra mi.
―Es cierto... desde hace tiempo tienes la misma apariencia débil... por eso me confié. Mi gran error… ―comentó admitiendo su derrota.
―Ja, ja, ja, y seguirá igual hasta que alguien digno de mi fuerza verdadera llegue para poder sacar mi verdadera forma otra vez... Pero por ser yo tan bueno... te diré un secreto. Puedes volver a unirte al grupo de guardia de esta mina... Claro está, que no puedes ser el líder nuevamente porque ya ese puesto está ocupado.
―¿Por quién? ―preguntó descruzando los brazos, alzando las manos levemente como gesto de pregunta, y volviéndolos a cruzar.
―Por Daniela, una de mis asistentes... ―respondí señalándola.
―¡Ja, ja, ja! ¿Una mujer? ¡no me hagas reír! ―dijo riéndose fuertemente.
―Si no me crees te lo probaré ―respondí, para luego acercarme a Daniela.
Susurrando levemente a su oído, le dije: «Dani, hazlo» y un segundo después, Daniela apareció detrás del hombre, y sacando un cuchillo que llevaba bajo su traje, se lo colocó en el cuello sin que se diera cuenta de sus movimientos.
―¿Qué decías de las mujeres? ―dijo Daniela con un aura negra pequeña alrededor de su cuerpo.
―¿Co-cómo llegaste tan rápido? ni noté cuando te movias ―dijo el hombre sorprendido.
―Puede ser mujer, pero es bastante fuerte, inteligente y linda, aunque puede ser la peor pesadilla para cualquiera ja, ja… ―respondí riéndome entre dientes con una gran sonrisa.
―Eeeeh ¿Tan fuerte es?... impresionante ―dijo Angélica sin ningún tipo de gesto de asombro ―como si ya no le asombrara nada actualmente.
―Y no has visto nada, ja, ja, ja. ¿Bueno, qué te parece, quieres estar otra vez en el grupo? O… ¿simplemente te asesinamos?. Desobedeciste muchas reglas... tu pena actual te lleva a la muerte por parte de un jurado... pero como soy yo, te puedo dejar vivir con esa condición. Y si te unes a la tropa, quizás te quiten la sentencia o al menos te la reduzcan. Por supuesto, si haces algo fuera de las reglas de la región... Dani te asesina ―le dije mirándolo a los ojos.
―Ja, ja, ja, de acuerdo. Será fácil aprenderme las reglas. El problema será cumplirlas ―respondió el hombre mientras se calmaba un poco.
―Mejor que lo hagas, a Dani le gusta hacer cumplir las reglas, es como una madre gruñona ―dije rascándome la parte trasera de la cabeza y sonriendo suavemente.
―¡Oye! ¡No soy como una madre gruñona! ―respondió Daniela enojada mientras le quitaba el cuchillo del cuello al hombre, para apuntarme a mi con él.
―Sí, sí, claro... No, no lo eres ja, ja. Aunque yo siempre las rompo, pero soy un caso especial ―dije burlándome de ella.
―¡Maestro! usted creó las reglas ¡debería cumplirlas! ―dijo enojada.
―No... ¿para qué? las reglas se hicieron para romperlas. Además, las hice para todos a excepción de mí –dije continuando con mi burla.
―Pues al menos debería de cumplir algunas –respondió señalándome con el dedo.
―De acuerdo, lo intentaré… pero no prometo nada ja, ja ―dije fijando mi vista en otra parte― Bueno es hora de irnos ¿Qué les parece si pasamos a comer en el pueblo? ―pregunté sacando una excusa para cambiar de tema.
―¡Sí! ¡sería estupendo! ―respondió Angélica entusiasmada. ―Tengo mucha hambre.
–Ahora es hora de irnos… ―dije dando media vuelta y caminando un poco hacia la salida. ―Oh, por cierto. Tu compañero, también tiene que trabajar con nosotros. Y, los otros dos… están afuera, esperando a que los “recojas” ―dije haciendo unas comillas en el aire. ―Y, deberías de hacer algo con esas ropas… no quiero a un Zumo en mi mina, ni menos a un topo. Y ten mucho cuidado con los Enanos, los estaré supervisando. Además ―continué explicando―, enviare “refuerzos” ―volví a hacer unas comillas― para que vigilen este lugar... y son lo suficientemente fuertes como para poder encargarse de ti. Y... es todo. Nos vemos, hasta otra ―dije mientras presionaba unos botones en mi reloj, y seguido a esto, alzando el pulgar en gesto de aprobación.
El hombre, fingió una sonrisa molesta. Y se despidió con una pequeña seña de dedos alzando su dedo medio.
Saliendo de la mina nos detuvimos a conversar antes de partir.
―Bueno, la ciudad no queda muy lejos de aquí, creo… llegaríamos como en unos minutos si nos apuramos ¿qué dicen? ―pregunté.
―Pero si nos tardamos como diez minutos en llegar corriendo ―dijo Angélica.
―Eso fue corriendo, ¿Tú quieres correr más? pues corre, nadie te detiene ―dije burlándome por su pregunta.
―Bueno, como sea. ¿Y a qué esperamos? ¡andando! ―Angélica empezó a caminar rápidamente.
―Eh ¿acaso tú sabes dónde queda? es hacia allá –Señalé el camino contrario al cual se dirigía.
―Bueno ya que sabemos el camino principal andando ―dijo caminando a paso rápido.
Comenzamos a caminar.. mientras Angélica y Daniela intentaban competir para ver quien iba delante, empujándose y chocando una contra otra.
―Esto será intenso de ahora en adelante... ―dije haciendo un gesto de negación con la cabeza.


~Continuará~





Siguiente Capítulo:
Sombras Festivas.









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Acerca de Leonardo Payares

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