The First Son of the Wolfdenmont Household| Capítulo 03: Conversación

Capítulo Resubido por Problemas Técnicos


Capítulo 03: Conversación

1ra Parte
Ocultos en la neblina pudieron verlo.
Varios soldados bajaron para recoger a Saldinus, quien permaneció impávido ante la presencia de estos. Los hombres le rodearon y antes de permitirle entrar a la fortaleza, le amarraron las manos y vendaron sus ojos. Se podía ver la prisa y la incomodidad en la cara de estos mientras permanecían vigilantes hacia la posibilidad de un ataque sorpresa, sin embargo nadie más a parte del chico se atrevió a salir de la bruma. Habiendo hecho lo acordado giro levemente su cabeza para dar un vistazo hacia atrás, e hizo un gesto de seguridad con su mano izquierda que algunos pocos pudieron apreciar. Tras esto, Saldinus fue escoltado hacia el interior de los muros.

Bajo el resguardo de una tienda de campaña un cuarteto de mercenarios que hablaban sobre el tema.
—Así que realmente le llevaran a ver al General… —Dijo un hombre de rostro alargado, ojos marrones y barba descuidado, cuyo cabello era largo, canoso y desaliñado.
—Sí, ¿quién lo hubiera pensado? —Preguntó una chica de cabellera rojiza, casi violeta con un peinado particular de dos flecos que se dividían por el lado derecho de su frente.
—Rarval, ¿Quieres apostar sobre cuando lo matarán? —Propuso un soldado de aspecto fornido quien portaba una prominente armadura y cuyo rostro yacía marcado por dos cicatrices en su frente.
¡Yo digo que lo mataran antes de que llegue a hablar con el General! —Dijo la chica, con una expresión expectante que se marcaba en sus profundos ojos azul marino y sus largas cejas.
¡Helia, deja hablar a Rarval! ¡La apuesta es con él!— Exclamó el hombre de las cicatrices.
¿Por qué? Yo también quiero apostar— Dijo mientras jugaba con bufanda roja que tenía enredada alrededor de su cuello.
—Agh, pues bien... Entonces, Rarval ¿qué opinas?
—Yo digo que lo mataran después. He oído que usualmente ese tal General Shaenus permite que los heraldos enemigos hablen antes de matarles —Dijo Rarval.
—Apostar sobre “cuando lo van a matar” es muy aburrido, deja muy poco a la imaginación, ¿no creen?  —Dijo con un tono jovial la cuarta persona en el grupo—. Mejor apostemos a algo más variado, por ejemplo “como lo van a matar”.
El hombre tenía una figura atractiva, era rubio de grandes ojos azules y larga cabellera. Llevaba una portentosa armadura color bronce compuesta por un peto y una cota de malla justo debajo de esta, y unos pantalones de cuero marrón.
¡Ah, sí! ¡Eso suena mejor que lo que propuso Orake! —Expuso Helia muy animada —¡Creo que le van a empujar desde el muro!
¡Hey! ¡Helia!
—Jejeje… Vamos no te enojes, que dices tú Orake, ¿cómo crees que le maten? —Expresó con un tono asertivo el hombre apuesto.
—Ugh… Pues, no sé. Quizás lo empalen como sucedió la vez anterior. —Dijo Orake un poco desganado —. ¿Qué opinas tú, Rarval?
—Hmm… Empalamiento o caída… Está difícil apostar, pero creo que esta vez será caída. Dudo que ese bastardo se deje empalar para comenzar —Haciendo un pequeña pausa pregunta— ¿Por cierto Halko fuiste tú quien propuso esta apuesta, no dirás la tuya ?
—Hmm… Tengo mis dudas, sabes. Aunque fui yo quien lo propuso, ahora que lo pienso él sigue siendo un niño, no sé si realmente lo maten así como así. Puede que Shaenus se apiade de él… quien sabe… —Habló algo resignado el hombre de cabellos rubios que respondía al nombre de Halko.
Hubo un gran silencio.
Inmediatamente después, el cuarteto reventó a carcajadas.
—Si claro, como no… El cabrón de Shaenus siendo misericordioso. Lo van a reventar como a cualquiera, además alguien como él no se contendría solo porque se tratase de un chico —Dijo Rarval muy confiado.
¡Me pregunto cuanto le habrán ofrecido al “Bastardo” por suicidarse! —Exclamó de forma burlona y entre risas Orake—. Hay que ser muy estúpido para aceptar ser el mensajero que entrega a un mal mensaje a alguien como Shaenus!
¡Jajajaja! ¡Al parecer la jefa se cansó del pequeño bastardo! ¡Ya era hora que se deshiciera de él! —Exclamó Halko.
—La jefa es realmente astuta, usar al niñato ese durante más tiempo podría haberle traído problemas. Lo mejor que hizo fue deshacerse de él ahora —Dijo entre risas Helia.
Los cuatro disfrutaban despreocupados de su jolgorio, cuando repentinamente fueron golpeados por un aura siniestra se apoderó del ambiente alrededor.
Las risas de júbilo y burla pararon en seco. El aire se hizo pesado y el cuarteto que charlaba no pudo evitar percatarse de la presencia que yacía cerca de ellos.
Un hombre alto de cabellera azulada y completamente descamisado se acercó a ellos a paso lento.
¡Hey, chicos! ¿Puedo saber de qué se están riendo? —Haciendo una expresión de auténtica duda, el hombre preguntó—.
Los cuatro presentes no supieron que responder al verlo.
¡Maldición, de todas las personas tenía que ser él! Pensó Halko sumamente preocupado.
¿Eh? ¿Por qué te interesa? —Dijo claramente perturbado el hombre de cabello rubio.
—No lo sé. Si ustedes fueran buenos combatientes se me haría normal que estuvieran emocionados en el campo de batalla, pero viendo quienes son, simplemente se me hace extraño que semejantes pedazos de mierda se sientan tan cómodos —Dijo Rieph con el mayor indiferencia y descaro posible—. Digo tipos como yo estamos seguros de nuestra fuerza, pero ustedes… ¡Je! ¡Si me permiten eso si me da algo de risa!
¡Oye! ¡Nosotros no te dijimos nada, apareces de repente y comienzas a insultarnos! ¡¿Qué te pasa?! — Exclamó molesta Helia.
—No me pasa nada. Solo estoy aburrido, ahora que se llevaron a ese chico no tendré a nadie con quien pelear hasta que comience la batalla, pensé que quizás si les insultaba se podrían furiosos y buscarían pelea. Así podría machacarlos para entretenerme un rato —Afirmó mientras hacía una sonrisa maliciosa que correspondía claramente con las intenciones expresadas.
Visiblemente furioso Orake se colocó delante de él. Se podía ver el enfado en su rostro y no solo eso, también se podía sentir en el aire, puesto que el hombre despedía una presencia aterradora.
—Oye, idiota. No sé de qué vas tú, pero si peleas es lo que estás buscando puedes tener por seguro que la encontrarás si no desapareces de nuestra maldita vista—Dijo fastidiado.
Su tamaño un poco mayor al de Rieph parecía hacerle sentir algo seguro de su victoria. Sin embargo, este último al verlo no se mostró ni un poco intimidado, y con una gran indiferencia lo miró a los ojos.
¿Sabes que me jode? ¡Ustedes no tienen aprecio por sus compañeros! ¡No deberían desear o apostar por la muerte de aquellos que pelean y mueren cubriendo sus espaldas!
¡¿Así que todo eso es por el maldito chico?! —Dijo Orake al caer en cuenta de a que venían las palabras de Rieph—. ¡¿Qué eres? ¿Su puto novio?! ¡Pedazo de mari…!
Repentinamente, antes de que Orake pudiera seguir gritando un puño se precipitó muy violentamente contra su cara. Tras esto, un fuerte estruendo fue escuchado por todos los que le acompañaban.
El sonido era particular, y claramente diferenciable, correspondía al crujir de los huesos en su cara. Uno de los ojos del hombre salió de su cuenca justo por encima del puño de Rieph cuando este impactaba su cara.
El hombre cayó brutalmente al suelo producto del golpe recibido.
Un grito agónico se escuchó salir de su boca al instante en que el dolor percibido resonó en todo su cuerpo. Sin más nada que hacer el hombre rodo por el suelo con las manos puestas sobre su ensangrentada y desfigurada cara, haciendo evidente su desesperación.
Las personas presentes vieron con asombro como la mandíbula del hombre del hombre también se había desencajado.
¡Orakeeee!—Grito Helia desesperadamente—. ¡¿Qué hiciste, animal?!
—Solo les estoy enseñando una valiosa lección de compañerismo
¿Qué dices? ¡¡Todo esto es por ese niño de mierda!! —Grito furiosa, mientras socorría a su malherido compañero— ¡¿Quién crees que mató a Sige, Reyny, Rancent y Draffin?! ¡No fue otro que ese maldito niño!
¡Gran pérdida! ¡Tres hombres que fueron asesinados, mientras violaban a una niña y otro que fue asesinado por el chico que ato los brazos para poder vengarse!! ¡No podría ni siquiera considerar como compañeros a semejantes idiotas!—
¡Rieph! ¡No te equivoques, solo por qué crees tener algo de amparo por la jefa! ¡Nadie te podrá socorrer si te metes conmigo! —Repentinamente expresó Halko, quien con su mano en la vaina de su espada dejaba en claro sus intenciones.
¡Me gustaría verte intentar algo! ¡Sería gracioso recibir algunos arañones de tu parte, Halko!
¡Riephhhhhhh! —Grito Halko a todo pulmón, mientras su ira le hacía cargar contra Rieph.
Sin embargo, antes de poder atacar Halko sintió como una inminente presencia manifestándose frente de él. En ese momento, toda su ansia y sed de sangre fue apaciguada, o mejor dicho, ahogada. Sus sentimientos de furia e ira fueron tragados por un profundo pavor, y tomando la decisión más racional que pudo se paró a media marcha.
¿Qué sucede aquí? —Dijo con una ira controlada la mujer de ojo parchado que se mostró frente a Halko.
—Ah, jefa… —Halko apenas pudo dar una respuesta coherente—.
—Dime, ¿qué sucede aquí, Rieph? —Repentinamente su atención se dirigió hacia el hombre de cabello largo azuloso.
¿Eh? No, no es nada. Es solo que… —Sin otra opción, el hombre habló vacilante—. Estos idiotas estaban haciendo apuestas sobre la muerte de Saldy… Simplemente me molestaron demasiado.
—Ya veo— Dijo muy calmadamente Hildiria al observar el cuerpo de Orake con media cara partida tumbado en el piso.
Dirigió su mirada nuevamente a Rieph, al que encontró cabizbajo y sin mayor intención de seguir peleando.
Haciendo una larga exhalación, la mujer se precipitó sobre el hombre, asustado este intento moverse hacia atrás, pero antes de poder hacer nada recibió un golpe en el vientre con una fuerza abrumadora.
—Agh… —El potente puñetazo que recibido le provoco arcadas.
Sintiendo la visión borrosa Rieph calló sobre sus rodillas.
Con las fuerzas que le quedaron sostuvo su estómago y dirigió su mirada hacia arriba.
Entonces ella habló —Rieph… No te golpeo por golpear a estos tipos, la verdad no me importa mucho como te guste solucionar tus problemas. Por lo que realmente te golpeo es por el momento que elegiste para herirlos— Dijo Hildiria mientras calmadamente se ponía en posición de cuclillas frente a él—. ¡Estamos frente a la maldita fortaleza enemiga, joder! ¡Lo que menos necesito es que le hagas el trabajo más fácil esos cabrones de allá arriba!
—Ugh… Sí… Lo siento.
—Además, no seas tan hipócrita hablando de cosas como el “compañerismo”, hacer eso solo te hace quedar mal. Sabes bien que tú consideras dispensables a casi todos los miembros de esta compañía.
Rieph permaneció en silencio al escuchar esas palabras.
No era como si buscaba negarlo, después de todo era consciente de su propia hipocresía.
Quizás era cierto Sige, Reyny, Rancent y Draffin tenían una afición perversa a violar niñas y hacer toda clase de ultrajes durante su toma y asaltos, sin embargo tanto para Hildiria como parar él eso no tenía demasiada importancia.
“Siempre que cumplan su cuota en combate esto no sería un problema” al menos esa la filosofía para la mayoría de casos.
De hecho, el mismo había compartido copas y tenido largas conversaciones con esos cuatro durante el tiempo en que permanecían con vida, y aun así no sentía absolutamente ningún tipo de rechazo o aversión a ellos.
Aun así tampoco sentía casi ningún tipo apego o simpatía, puesto que no sintió absolutamente nada cuando la primera vez que conoció a Saldinus encontró los cadáveres degollados de los primeros tres. Más que ira o enojo, lo que sintió Rieph fue una completa indiferencia, ya que toda su atención había sido absorbida por la emoción de encontrar a alguien como Saldinus, quien a tan corta edad le resultaba tan prometedor.
Esto no solo paso aquella vez, casi siempre que Rieph viera a una compañero ser brutalmente masacrado por un adversario, este en lo único que podría que pensar seria "Podrá este tipo darme batalla a mí”.
Para Rieph la muerte de un aliado en el campo de batalla no traía otra cosa más que la expectación por un posible digno rival. Así había sido su naturaleza desde hace mucho tiempo.
—Bueno, igual no es como si la posibilidad de que Saldinus acabe muerto no sea muy alta —Dijo Hildiria, mientras prendía su pipa y se disponía a fumarla.
¡Jefa! —Exclamó Rieph, algo molesto por lo dicho.
—No me malinterpretes. No lo mande a que muriera, pero creo que es bastante posible que pueda suceder.
—Hmph
—Te estás ablandando demasiado Rieph, recuerda que lo importante en las salamandras no son sus miembros, sino la salamandra en sí. Somos las salamandras porque podemos reemplazar cualquier parte de nuestro cuerpo, siempre que aún queda alguna parte de nosotros. “Todos somos prescindibles”, ¿lo recuerdas? Esa siempre ha sido nuestra filosofía, sin excepciones. Ni siquiera yo.
Rieph permaneció callado ante lo dicho por Hildiria. No había nada que hacer, así había sido siempre.
Hildiria siempre disponía de sus miembros como mejor pudiera, no le importaba ponerles en situaciones de gran riesgo con tal de conseguir algún beneficio para el grupo, y hasta ese día él nunca había tenido ningún problema con esa ideología.
 Aun así, si alguien puede entregar ese mensaje es ese chico… Pensó Hildiria para sus adentros.
—Controla tu ira y vuelve a tu posición, podría suceder algo en cualquier momento.
Sin decir nada más, la mujer de ojo parchado volteo a ver a Orake y a los otros tres.
—En cuanto a ustedes… No me quiero enterar de que se dejaron descubrir por Rieph haciendo apuestas sobre la muerte Saldinus, si lo van a hacer háganlo sin que nadie se dé cuenta.
—Ah, sí… —Apenas pudo balbucear algo impactados Halko y Rarval.
—Bien, eso es todo. Prepárense —Dijo haciendo una pequeña pausa para fumar algo de su pipa—. Dependiendo de la respuesta de nuestro adversario tendremos que luchar.
¡¿Eh?! ¡¡Y qué hacemos con Orake!! ¡Este cabrón le ha partido la cara! —Dijo Helia abrumada.
—No seas tan llorona Helia, no es la gran cosa. Encájenle la mandíbula de nuevo y vayan con Mirilye o algún otro curandero del grupo para que se la pueda sanar, con respecto a su ojo… Bueno, quizás no se pueda hacer nada ahí. Aun así Orake es muy afortunado, si Rieph realmente hubiera querido matarlo probablemente le hubiera descolgado la cabeza con ese golpe.
—Tch— bufó Helia con indignación, pero se aguantó consciente que no podría hacer nada más ahora.
Lo mismo sucedió con Halko, Rarval, y hasta el mismo Orake quien solo podía lamentarse por el dolor, ya que una vez Hildiria había hecho su juicio tocaba acatar aún si la decisión tomada no agradara del todo, así era siempre, una vez esa mujer decía algo se cumplía.
Sin más nada que decir, Hildiria dejo de lado al grupo marchando de regreso a su posición junto al general.
—Hildiria, ¿qué mensaje le pediste a ese chico que entregara? —Dijo Baldwin con algo de intriga y curiosidad—. Creo haber sido muy específico en el hecho de no enviar mensajeros antes del ataque. Es una pérdida de tiempo… acabas de enviar a ese pobre chico a su muerte.
—Oh, general, usted es sorprendemente misericordioso con los niños —Expresó haciendo un gesto de sorpresa fingida en su rostro—. Aun así eso no lo evita contratar mercenarios que hagan uso de ellos para llevar a cabo sus servicios.
—Una cosa es que muera en el campo de batalla, teniendo una oportunidad de salir vivo de ahí y otra muy distinta es que lo envíes con ese loco para que sea arrojado desde el muro o empalado sin siquiera una oportunidad para defenderse.
—No se preocupe general. En el peor de los casos, aún si deciden intentar matar a ese chico es probable que se las arregle para causar un disturbio, así que aunque muera nos podría brindar una oportunidad perfecta para atacar.
—Hay que ver que fría eres… —Dijo Baldwin algo sorprendido por la actitud de su compañera.
—No diga eso general, yo soy casi una madre para ese chico. Me partiría el corazón que muriera, pero aun así eso no cambia el hecho de que así es como viven los mercenarios, además no es como si le hubiera obligado a aceptar la misión sin saber de qué se trataba. Le explique bastante bien que era lo que debía hacer y si sale vivo le pagare por ello. No creo que nada de lo que le puede sucederle lo tome por sorpresa —Expreso muy despreocupada.
—Bueno… si tú lo dices.
—Solo sentémonos aquí y esperemos a ver cómo reaccionan nuestros enemigos.
—Esperemos que sepas lo que has hecho, Hildiria.
—Totalmente.


2da Parte
El chico se encontró golpeando consecutivamente la superficie de una mesa de madera con las yemas sus dedos desnudos. Le habían liberado sus manos una vez había llegado a aquella habitación.
Era un lugar que daba una sensación de claustro total y aunque no podía verla debido a las vendas que se encontraban cegando sus ojos era capaz de intuir que era un cuarto bastante oscuro.
Igualmente podía sentir la presencia de varios soldados a su alrededor, quienes se encontraban ubicados de forma estratégica, resguardando tanto la parte trasera como delantera la parte delantera de la habitación. Todo con el fin de que no intentara siquiera escapar de la habitación, lo cual parecía sorprender a Saldinus debido a lo sumamente sumiso había sido durante todo el trayecto desde que fue atado y vendado antes de subir a la fortaleza hasta que había sido llevado a aquella habitación, sabía que forcejear solo alertaría a los soldados y probablemente dificultaría su tarea, así que pese a las evidentes incomodidades decidió aguantarse.
Del mismo modo, le fastidiaba llevar vendas tapando sus ojos, sin embargo entendía la intención de los soldados, al no querer exponer su valioso General ante alguien tan sospechoso como un chico de apariencia bárbara que se hacía llamar así mismo un “Heraldo”, y se abstuvo de intentar siquiera quitar la vendas de sus ojos.
Aun así, el chico supuso que había logrado su cometido puesto que se le permitiría hablar con el General del Ejército enemigo, el gran general Shaenus, el hombre que había mantenido a raya a las fuerzas de Thorley durante casi dos décadas.
Repentinamente, el chico escucho el sonido del manubrio de la puerta al abrirse.
Escuchó los pasos de otro hombre indicando que se adelantaba hacia la parte trasera de la mesa con dirección a la entrada de la habitación, después tomo asiento.
Aunque no podía verlo Saldinus percibió la fuerte presencia de aquel hombre. Definitivamente era alguien que se encontraba más allá del resto de sus subordinados, su sola presencia tan imperiosa y dominante también dejaba en claro que él era el General.
Para no llamar la atención aparento una completa pasividad.
Aún después de sentarse Shaenus no dirigió palabra alguna a él, probablemente buscaba determinar qué hacer con el chico una vez acabara su interrogatorio.
Acaso una vez dado su mensaje buscarían torturarle para que este revelara más datos sobre el ejército enemigo, esa quizás era una probabilidad.
Saldinus empezó a rememorar su paseo por la fortaleza, la cantidad de pasos que había dado, el sentido en que los dio, descubrir si en algún momento le habrían hecho caminar de más con tal de despistarlo, todo para crear un mapa mental sobre la ubicación en la que se encontraba. Algo completamente necesario si la situación se complicaba y necesitara salir de ahí.
Cosa que probablemente sucedería.
—Chico, puedes quitarte la venda.
Saldinus escuchó una grave y portentosa voz, no lo costó entender que esas eran las palabras del general. Sin mayor oposición, el joven tomo el paño que cubría sus ojos y se lo quito, fue entonces cuando pudo verlo.
Era un hombre moreno, de larga cabellera negra y una frondosa barba en forma de candado. Su rostro presentaba las arrugas y facciones propias de un hombre entre mediados de sus treinta y principios de sus cuarenta, aunque con toda probabilidad podría ser más viejo que eso.
A pesar de su melena, su frente se había ensanchado producto de la edad y la pérdida de pelo en la parte delantera de su cabellera, tenía una nariz larga y bien perfilada con un mentón prominente.
Le miró con el ceño fruncido con sus ojos de color verde, que tenían una expresión cansada en ellos.
¿A qué has venido aquí, chico?
—Me enviaron a negociar términos de rendición con ustedes.
La sala permaneció en silencio tras las palabras dichas por Saldinus. Muchos de los hombres simplemente hicieron una mueca burlona al escuchar tales afirmaciones.
¿Rendición? ¿Otra vez? Pensé que tus contratistas ya se habían hecho algo más inteligentes, pero supongo que los perros del rey no pueden aprender más que unos pocos trucos.
¿Debo asumir eso como que tú no estás de acuerdo con la rendición?
—Chico, quien te dijo que puedes “tutearme”, refiérete a mí con “usted” y llámame General.
¿Por qué habría de hacer eso? no lo entiendo.
¿Hey, chico? ¿Sabes que se les hace a los idiotas que vienen a darnos esta clase de mensajes estúpidos?
—Arrojarlos del muro o empalarlos vivos según tengo entendido.
—Así que viniste consciente de ello, ¿eh?
—Sí. Me pusieron al tanto del riesgo.
—Y aun así decidiste aceptar, ¿tantas ganas de morir tienes, chico? —Dijo Shaenus con una expresión de duda en su rostro.
—La verdad no estoy interesado en morir.  Si tantas ganas de que no lo tutee tienes, podría intentar dejar de llamarme “chico” —Haciendo una pequeña pausa dijo—. Me llamo “Saldinus”.
No hubo más intercambio de diálogo. Un silencio sepulcral se hizo presente en la habitación.
Los soldados hicieron un gesto de resignación. Como seguros de que algo horrible sucedería frente a ellos.
Saldinus también se percató del cambio en la presencia del hombre frente a él. Era obvio que sus constantes replicas le habían enfadado, sin embargo pese a que había hecho esto intencionalmente, tampoco tenía intención de ser asesinado en aquel lugar.
En el peor de los casos y a juzgar por la presencia que despedía su cuerpo, Shaenus debía tener una fuerza igual o superior a Hildiria, obviamente no era un enemigo al cual fuera lógico intentar enfrentar.
Si fuera a pretender escapar de allí debía buscar una forma de evadirle o burlarlo durante su huida. Sin embargo, aún era muy pronto para pensar en eso, después de todo él todavía no había terminado su trabajo.
—General Shaenus
¿Eh? —El hombre se mostró asombrado ante el súbito cambio de actitud del chico.
—Disculpe mi renuencia anterior, quería confirmar que me encontraba frente al verdadero general. Alguien con esta presencia es claramente la persona que estoy buscando.
¿De qué vas? ¿Te conozco? —Cuestionó el General con un tono imponente.
—No —Dijo tajantemente Saldinus antes de continuar hablando—.Probablemente ni siquiera conozcas a en persona a quien me envió aquí tampoco, pero ella aún sigue persistente en su deseo de hacer un trato con usted.
¿De parte de quien vienes?
—De parte de Hildiria Kinadray, probablemente este nombre se le haga conocido.
—Hmph… — Haciendo un bufido entrecruzo sus brazos y cerro sus ojos. Shaenus parecía estar reparando en algo.
—Supongo que al menos a oído de ella —Dijo confiado Saldinus.
—Sí… —Dijo Shaenus con el ceño fruncido—. ¿Cuál es la propuesta de esa mujer?
—Bien, aquí entre nosotros… —Dijo Saldinus mientras hacía una mueca en su rostro—. No nos agradan esos perros de Thorley.

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